Didingas
Sudán del Sur, 2019
Recorrimos una huella muy difícil entre cerros y rocas, con badenes profundos que pusieron a prueba tanto la resistencia de la camioneta como la nuestra. Poco antes de llegar a la aldea, nos encontramos con un grupo de jóvenes armados con fusiles Kalashnikov para la defensa de sus animales. Algunos se veían serios y poco amigables en un primer momento, pero gracias a la mediación de nuestro intérprete, nos aceptaron sin reparos.
Arreaban a sus vacas sagradas hacia la aldea a través de pastizales fértiles. Eran guerreros Didinga: muy delgados y vestidos con sencillez, luciendo ropa en jirones, gorras militares y botas. Tomé fotos del grupo y de sus animales, algunos de los cuales exhibían hermosos tatuajes en la piel. Había un chico que hacía sonar una corneta conectada a una manguera; era el llamador del ganado. Los Didinga se encuentran gravemente amenazados por el robo de ganado; por esta razón, se han recluido en zonas muy aisladas de las montañas homónimas (en la región fronteriza de Sudán del Sur con Uganda y Kenia) y construyen sus aldeas utilizando un sistema de trincheras. Conservan su tradicional economía mixta, siendo pastores por vocación y agricultores por necesidad en los fértiles valles de altura. La población afronta presiones locales por recursos y tensiones con etnias vecinas (como los toposa o los buya) en un contexto general de inestabilidad y fragilidad humanitaria en Sudán del Sur.
Esta tribu no ha sido fotografiada en los últimos años y prácticamente no tiene contacto con el exterior. Por ello, siento una gran responsabilidad y un profundo respeto al retratarlos. Nos recibieron bien; sabían de nuestra llegada gracias a un acuerdo previo (de sal y comida) intermediado por un muchacho de la tribu Larim con el que tenían contacto. Él conocía el camino y sabía exactamente dónde se encontraban en la montaña.
Al llegar a un llano, nos estaban esperando, eran entre 130 y 150 personas. Las mujeres se apartaron de inmediato para pintarse entre sí con una arcilla blanca, trazando dibujos lineales que representaban animales, como cebras y huellas de aves. Luego salieron al llano y, todas juntas, bailaron y cantaron siguiendo sus tradiciones. Fue un momento profundamente conmovedor. Nos rodearon y, en una sencilla ceremonia, nos dieron nombres: a mí me llamaron Lapen («la que provee, la que alimenta») y a mi esposo Jorge, Lokuan («el viento»).
Pasamos unos días con ellos. Nos mostraron su sistema de trincheras y sus chozas, que constan apenas de un techo elaborado con hojas locales. Sus enseres son mínimos, los justos para transportar agua o preparar comida; todo está dispuesto para poder huir rápidamente en caso de ataque. Sacrificaron una vaca y repartieron la carne y la sangre entre todos. Un chamán leyó el futuro en las vísceras del animal y auguró un panorama promisorio, tanto para ellos como para nosotros.
Nos fuimos dejando atrás a una comunidad orgullosa, que nos acogió con calidez y nos compartió lo que conservaba de sus tradiciones más ancestrales. El camino de regreso al pueblo más cercano fue duro.
Esta experiencia despierta en mí sentimientos encontrados. Por un lado, una alegría indescriptible por haber tenido la oportunidad de conocer a estas mujeres y hombres tan sufridos, que resisten en un entorno hostil y miran profundo a los ojos, comunicándose con sincero afecto. Por otro lado, un tremendo dolor: tiempo después, cuando ya estábamos en casa, nuestro guía Joan me llamó para avisarnos de que los Didinga habían sido atacados por los Toposa para robarles el ganado, y que 18 de los guerreros que habíamos conocido, habían muerto. Prácticamente toda la comunidad —principalmente mujeres y niños— tuvo que huir hacia las montañas a través de las trincheras y el cauce del río.
Las guerras tribales se suceden desde tiempos ancestrales, pero la llegada de las armas de fuego ha agravado trágicamente la situación. Aunque el gobierno de Sudán del Sur ha promovido el desarme y ha concertado sucesivos acuerdos de paz entre las tribus, estos no se cumplen, y la inestabilidad política y social del país tampoco ayuda.
A pesar de todo, los Didinga ya forman parte de nosotros y de nuestras vidas, mientras su cultura se transforma a pasos agigantados.




































