De Camerún
La experiencia con el pueblo Koma fue fascinante.
Partimos del pueblo de Mbe, en la zona de los pastores Fulani / Mbororo, y recorrimos un largo camino hacia las montañas Alantika.
Los Koma son uno de los grupos étnicos de cultura animista más aislados de África Occidental. Habitan en la cordillera de los montes Alantika, a lo largo de la frontera entre el norte de Camerún y el este de Nigeria. Viven en equilibrio con el medio ambiente a través de la caza y la recolección, pero también mediante el cultivo y la cría de cabras y pollos. Se los conoce como «la tribu perdida», debido a que su existencia permaneció prácticamente ignorada por el mundo exterior hasta bien entrado el siglo XX.
Llegamos cuando faltaba poco para la puesta de sol. Estábamos cansados, pero no podíamos dejar de observar las casas, los graneros y a la gente preparándose para la noche. Era una noche cerrada, sin luna, y apenas tuvimos tiempo para armar nuestro campamento.
Los Koma se refugiaron en estas cumbres abruptas hace siglos para huir de la islamización forzosa, de las invasiones de otros pueblos (como los Fulani) y del comercio de esclavos. Su aislamiento geográfico voluntario actuó como un escudo natural que les permitió mantener casi intactos sus modos de vida ancestrales, sus creencias y sus dialectos frente a las presiones externas.
Aunque tradicionalmente los hombres eran cazadores, hoy en día son agricultores. Dentro de la estructura social, la mujer Koma tiene un rol económico muy relevante: ellas administran los graneros, controlan las cosechas y lideran el trueque y las ventas en los mercados locales que se realizan en los llanos, al pie de las montañas.
Con los permisos correspondientes, pude tomar fotos de aquel ambiente alucinante. Las mujeres estaban en plena tarea de preparación de la comida, pero lo que más me atrajo fue su vestimenta tradicional. Utilizan una cubierta genital hecha con manojos de ramas y hojas frescas de árboles locales (acacias), las cuales renuevan diariamente. Se las sostienen atadas a la cintura mediante cordones de cuentas negras, a veces adornados con tiras de cuero o cintas de colores.
Si bien las nuevas generaciones van adoptando ropa occidental a medida que entran en contacto con los mercados de la llanura, en las aldeas montañosas la vestimenta de vegetación y las telas sencillas siguen estando presentes.
Conservan una profunda fe animista vinculada a los espíritus de la naturaleza y al culto a sus ancestros. Tienen una visión muy particular de los difuntos: para la cosmogonía Koma, la muerte no representa un final absoluto, sino que los antepasados continúan habitando de manera invisible en el entorno de la comunidad.
Al recorrer la aldea, pude observar sus chozas circulares construidas con piedras, barro y techos cónicos hechos de paja o tallos secos de mijo.
Cultivan principalmente mijo (que constituye su alimento básico), maíz, maní y tabaco. También se dedican a la cría de aves de corral y recolectan miel silvestre. Justamente utilizando el mijo, ellos elaboran su propia cerveza artesanal. Es una bebida densa, ligeramente ácida, de bajo contenido alcohólico y con un aspecto opaco o cobrizo. Se sirve de forma tradicional en recipientes hechos de calabaza.
Tuvimos la suerte de llegar justo cuando estaban terminando el proceso de producción de esta cerveza, lo que dio lugar a que al día siguiente celebraran el fin de la elaboración. Fue una experiencia sencillamente extraordinaria.
Durante los festejos, tuvimos la oportunidad de conocer al chamán, quien vino desde una aldea vecina con el fin de bendecir las cosechas y resolver distintos conflictos sociales y familiares. Lo hacía mediante oraciones y utilizando un cuchillo con el que cortaba el aire, simbolizando cómo cortaba la influencia de los malos espíritus.
Los cantos, los bailes y el sonido vibrante de los tambores nos acompañaron durante toda la mañana.